“Vivir en plenitud y en resistencia”

El pasado lunes 7 de marzo, bajo la organización de Mugen Gainetik (ONG en busca de la cooperación con los países del Sur) y el profesor de Derecho Internacional, Ander Gutierrez-Solana, se desarrolló una conferencia en la Biblioteca del Campus de Bizcaia (Leioa), siendo la temática de fondo el “derecho a defender los Derechos Humanos”. Los ponentes fueron Claudia Samayoa Pineda y Fernando Us Alvarez, dos miembros de la organización UDEFEGUA (Guatemala) que tiene como propósito “empoderar a las defensoras y los defensores en la gestión y autogestión de su seguridad en su labor de defensa de derechos”.

En las dos horas en las que transcurrió, se pudieron oír frases claves y llenas de verdad, relativas a la importancia de la defensa de los Derechos Humanos, pero sobre todo de los derechos ostentados por las minorías: “Si uno permite una violación de libertades, vendrá alguien y ampliará la restricción”, “No tengan miedo de ser arbitrarios, porque la realidad es arbitraria. El que es diferente para el sistema, lo extermina” o “Todo acto de discriminación, es un acto de violencia”.

Y es aquí cuando os presentamos al protagonista de estas líneas, pues Fernando Us (uno de los ponentes) activista por los derechos LGTB en Guatemala, quiso compartir en directo un mensaje de optimismo exacerbado. Una vitalidad que procedía de la mera e imprescindible aceptación de su condición por su familia, unida por un amor incondicional. Todo ello bajo el peso de una vida plagada de golpes, golpes mortales, que no hicieron en Fernando mas que encender la llama de la rebeldía, la lucha, la supervivencia y la fuerza infinita. Aquí os dejamos, sin más dilaciones, con la realidad existente en América Central y Guatemala, fruto de cargar con los factores de mayor discriminación: pobreza, procedencia indígena y homosexualidad. He aquí la esencia y motivación de la lucha, de la mano del relato de vida del guatemalteco Fernando Us Alvarez:

Soy Fernando Us Alvarez y tengo 34 años. Soy indígena maya k’iché y activista gay. Nací en una aldea llamada Macalajau, en el altiplano guatemalteco el 30 de junio de 1980. Procedo de una familia campesina que se dedicaba básicamente al cultivo de maíz y frijol. Mi padre Reyes Us tuvo que viajar a la costa sur del país a trabajar a las grandes plantaciones de azúcar para poder aportar económicamente a la familia y fue allí donde experimentó la explotación de la mano de obra indígena, trabajando en condiciones muy precarias y con un pago sumamente bajo.

Se unió a un movimiento campesino y popular junto con otros campesinos indígenas para denunciar las explotaciones que sufrían, una expresión organizativa que luego tomaría el nombre Comité de Unidad Campesina CUC. Fue un líder comunitario que se involucró ayudando a construir el camino de la comunidad y la escuela; se capacitó como promotor de salud teniendo una pequeña clínica con medicamentos básicos de atención.

En noviembre de 1980 cuando apenas yo tenía unos 5 meses de edad mi padre fue asesinado por el Ejército de Guatemala en sus primeras acciones conocidas hoy como “política de tierra arrasada”, implementada especialmente en comunidades indígenas por su simpatía con las demandas de la guerrilla y que justamente fue una de las bases organizativas más importantes para la insurgencia. Mi padre no era militante, pero su denuncia y trabajo comunitario, hizo que le asesinaran junto con otros cinco o 6 líderes comunitarios. Quemaron las casas y toda la cosecha. Al decir, primeras acciones del ejército, me refiero que lo hicieron de noche y encubiertos. Al otro día según me contaron, se presentaron las autoridades judiciales inquiriendo sobre el hecho como que no supiesen nada-.

En enero de 1981 mi hermano mayor Daniel quien tenía 18 años de edad y quien tuvo que dejar sus estudios en un internado, luego de la muerte de mi padre, fue asesinado en nuestra nueva vivienda, siempre en la misma aldea. El ejército lo hizo de día y en esa ocasión varias mujeres fueron secuestradas y también mi hermano Demetrio quien tenía en ese entonces 11 años de edad. Demetrio fue liberado tiempo después y falleció en el año 2006 en condiciones no aclaradas, su cuerpo fue localizado en una carretera cuando venía de una comisión de trabajo. Laboraba en una organización de desplazados internos por la guerra.

Con todo esto, mi madre Natalia Alvarez y mis siete hermanos fuimos apoyados por hermanas religiosas de la Sagrada Familia y comenzaríamos el destierro de nuestra comunidad. Tuvimos que huir a la ciudad para refugiarnos y poder sobrevivir. Tiempo después comprenderíamos que

éramos desplazados internos de la guerra, desplazados forzadamente. Nos movimos constantemente de viviendas y tuvimos que cambiarnos de nombres e incluso de indumentaria, al menos mis hermanas vestían sus trajes indígenas, pero los sustituyeron por lo que la gente en la ciudad usaba. Casi nadie de nosotros hablaba bien el castellano, mi madre nunca antes había venido a la ciudad. Todo era diferente, lo que yo he llamado “el inicio de la pesadilla”.

En septiembre de 1983 mi hermana Bernardina de entonces 23 años de edad fue secuestrada en la ciudad por fuerzas estatales, ella era trabajadora doméstica. Nunca más volvimos a saber de ella

Muy pronto en mi infancia sentí que no encajaba, no entendía porque si habíamos tenido una casa con árboles y ríos alrededor, teníamos que estar en una habitación super pequeño y muy vieja. Porqué teníamos que cambiar constantemente la historia de nuestra procedencia y la muerte de mi padre. Parecía gracioso, pero sabía que cada uno teníamos distintos nombres, pero también rápidamente comprendí que era para sobrevivir y que éramos perseguidos.

También en mis primero años note que la diferencia no solo radicaba en mi idioma o mis rasgos, aunado a los maltratos, abusos y burlas de los que fuimos objetos constantemente. Sino que yo no era necesariamente lo que se tenía que ser siendo hombre. Tuvimos una vida de mucha pobreza y precariedad, y pronto mi madre haría todo lo posible porque no dejáramos los estudios. A mis 5 años de edad más o menos, todos mis hermanos y hermanas fueron llevados a orfanatorios, quedaría únicamente yo viviendo con mi madre. Volveríamos a estar juntos casi 15 años después. No teníamos suficiente comida ni espacio para poder vivir todos juntos.

Desde mis primeros años en la ciudad sentí y noté que era diferente. No solo por quien era, sino porque me sentía totalmente desajustado a la realidad. Las burlas en un colegio católico, las constantes movilidades de casa en total precariedad, me dieron esa sensación de desarraigo y falta de pertenencia. Tuve claro desde el inicio que no era un hombre, no como la construcción social lo establecía, tampoco era mujer y tampoco era feliz. Ser diferente lo comprendí desde el inicio, no era ladino, de origen blanco y no era hombre. Pueden ser dos frentes de lucha en un sentido pero por otro lado la visibilidad multicultural de ser homosexual en mi caso hoy me da mucha fuerza y valentía.

Aunque pasé años de mucha angustia durante la adolescencia y juventud, en mis inicios de la universidad estatal me vincularía con grupos indígenas que luchaban por el rescate de la cultura y el idioma. Yo siempre hablé mi idioma originario, y pronto todas las lecciones de mi madre y sus consejos hicieron sentido en mi vida en tanto que habíamos resistido, que vivir era un acto de resistencia, que habíamos sobrevivido a la muerte en manos del ejército-. Que podíamos y debíamos seguir. Tuvo un total sentido la reivindicación cultural y de la identidad.

Entre 1995 y 1997 más o menos, el panorama y ambiente parecía alentador. Se establecía en Guatemala una Misión de Paz de las Naciones Unidas para observar al país, se hablaba de negociación de la paz, de reformas constitucionales, del reconocimiento de la multiculturalidad del país y del cese al fuego…el fin de la guerra. Estaba por cumplir los 18 años y pronto podría votar electoralmente, algo pasaba que nos hacía sentirnos alentados. Se establecía la Comisión de la

Verdad y mi familia colocaría allí su historia, también lo haríamos en el proyecto de la Iglesia Católica para la Recuperación de la Memoria Histórica, esto daría paso para que hoy el nombre de mi padre esté en El Vaticano para ser reconocido como un mártir ya que era catequista en mi comunidad. Por mi lado, además de poder votar muy pronto, comenzaría a vincularme a organizaciones mayas que luchaban por sus derechos y sería mi primera escuela de formación política.

Diez años después, en el 2014, luego de tener mi primer trabajo formal en la Oficina del Procurador de los Derechos Humanos, haría parte del equipo de transición de la Misión de las Naciones Unidas ante el cierre de la misión. Por un año fui asignado como voluntario de las Naciones Unidas en la Misión, una experiencia increíble. Era adolescente cuando habían llegado al país y ahora acompañaba el traslado de las capacidades en materia de observación de los derechos humanos.

Pero algo estaba pendiente todavía: la disidencia sexual, término que utilizo ahora para politizar mi diferencia respecto de la heteronormatividad y la heterosexualidad impuesta. Pero tuvo su costo, tan solo en 2010 cuando caminaba por la calle de la ciudad con una amiga transgénero, fuimos insultados por un grupo de hombres jóvenes y yo fui seriamente apuñalado en el costado, lo que me llevó a una emergencia al hospital y estaría convaleciente por unos tres meses. Fue la lección de que no ser heterosexual tenía su costo. Comprendí que si quería vivir debía ser mucho más inteligente, había sobrevivido a la guerra en mi país, me queda sobrevivir a la homofobia.

Desde hace unos 7 años más o menos, hablo abiertamente de la homosexualidad, mi identidad como maya y como gay. De los derechos humanos de todas las personas y lo pongo en debate en las mismas organizaciones indígenas a la vez que en las organizaciones LGBTI hago lo posible de colocar los temas indígenas y de la memoria. Me he acercado mucho más a las expresiones organizativas de las mujeres trans en contexto de trabajo sexual, dado que veo que son las más invisibilizadas y estigmatizadas, pero muy valientes.

Me he vinculado a expresiones de la juventud maya para posicionar la reinvidicación y libertades sexuales. Hago parte junto con Laurie Levinger, escritora y terapeuta estadounidense de un proyecto de recuperación de las experiencias de la guerra de la generación maya que era infante alrededor de 1980 como mi caso.

Queda mucho por luchar contra el racismo y la homofobia, contra el odio. Tengo mucho dolor al hablar de la historia, de mi historia y debo decir que no puedo hablar de mí sin antes mencionar a mis ancestros, como en este caso a mi padre y a mi madre Natalia, quien hace un año falleció de cáncer. Es un nuevo ciclo en mi vida, ojala que para muchas personas también. Que el dolor se convierta en fuerza, que la tristeza en valentía. Vivir en plenitud y en resistencia.

Maltiox (gracias)

Fernando

Carlota Marín Lahuerta

Carlota Marín Lahuerta

Estudiante en la UPV/EHU del Doble Grado en ADE y Derecho. Buscando desde el movimiento activo, crear conciencia colectiva sobre las realidades que nos afectan, necesitadas de lucha unánime. 

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One comment

  • Andrea

    Me parece una gran iniciativa que la diversidad de género no solo se da a nivel de personas que pertenecen a un contexto urbano, sino también desde espacios de pueblos aborígenes!! muy buena post y aplausos para ti 🙂 Agradezco que hagas conocer este tipo de casos que no es el único, sino miles, pero esta voz puede representar a las demás que deben hacerse oir

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